domingo, 12 de mayo de 2013

Un extraño entusiasmo por la deflación.

Un entusiasmo ideológico ante la deflación.

12 de mayo de 2013.

Ignacio Escañuela Romana.

Los datos y previsiones respecto a precios y salarios nos colocan en una posición de caída salarial e inflación cercana al cero. El Banco de España prevé que el incremento salarial será nulo o negativo en los dos próximos años, y estima una inflación  para 2014 del 1%. De hecho, el salario medio español cayó en tasa anual un 4'3% en el último trimestre de 2012 (frente a la realidad del incremento en el resto de la Unión Europea).

La pérdida de renta de los asalariados españoles responde, por una parte, a la misma depresión que sufre nuestra economía; y, por otra, a la desigualdad de nuestra economía y las políticas económicas de este gobierno.

Lo que más me asombra es el entusiasmo de los economistas neoclásicos (o neoliberales) ante esta evolución. España está al borde de un proceso deflacionario, Grecia ya ha entrado en él.

No es sólo un problema de teorías económicas. Se trata también de sentido común. ¿Cómo reaccionará la economía ante un proceso deflacionario de caídas constantes en precios y salarios?. Incluso, ¿qué daño puede hacer a la economía una inflación persistentemente cercana a cero?. De hecho, la Reserva Federal norteamericana desarrolla ahora mismo un programa de estímulos monetarios cuyo objetivo es precisamente evitar la deflación o la inflación en niveles muy bajos, por temor al daño que pueda provocar en la economía.

En España debemos ser más inteligentes. El Servicio de Estudios BBVA ha incluso cuantificado los empleos creados o salvados si la caída de salarios hubiese comenzado antes. ¿Se han preocupado por estimar el impacto macroeconómico de la deflación?. ¿Han contestado a la pregunta acerca del impacto macroeconómico de la variación en la distribución de la renta?.

Comienzo por el impacto macroeconómico de la redistribución crecientemente desigual de la renta.  En el trimestre final de 2012, las rentas salariales españolas se quedaron con el 44,24% del valor añadido generado por la economía, mientras que los excedentes brutos de explotación (que son fundamentalmente los beneficios empresariales y los ingresos generados por el dinero ahorrado) llegaban al 46,16%. El resto son los impuestos sobre la producción. Es decir, tendencia a la baja de los sueldos contra alza de los beneficios empresariales.

Aparte de las obvias consideraciones de justicia, tenemos un problema macroeconómico. El llamado efecto Kalecki subraya que la redistribución de la renta nacional de los asalariados a los empresarios y rentistas de capital supone una reducción en la propensión marginal al consumo, y, por lo tanto, una caída en la demanda agregada y en la producción. En otros términos, como los trabajadores ganan menos y las personas de mayores ingresos ganan más, y dado que los trabajadores gastan toda o casi toda su renta en consumo, mientras que las personas más ricas no precisan gastar todos sus cuantiosos ingresos y ahorran más, el consumo global en la economía se estanca y cae. Las empresas ven reducidas sus ventas y sus ingresos. Esto genera un efecto adicional de reducción en la ya deprimida economía española. Más desempleo, menor renta.

En segundo lugar, los economistas neoclásicos o neoliberales señalan que la deflación es capaz de aumentar las ventas, dado que los productos son más baratos. Pigou propuso que la deflación haría que el dinero y otros bienes similares propiedad de las familias serían relativamente más valiosos: como los precios caen, el dinero que tengo (y los bonos, acciones,...) me permite comprar relativamente más que antes. Es decir, mi capacidad adquisitiva ha subido. Esto provocaría un impulso del consumo, y, en consecuencia, de la demanda global y la producción.

No obstante, cabe otra posibilidad, que predomine el llamado efecto Mundell-Tobin. Según propusieron estos autores, la reducción en los salarios y precios provoca que las personas esperen reducciones adicionales con el tiempo. En consecuencia, tratan de aumentar el dinero y los activos más líquidos, a la espera de que en el futuro estos activos sen todavía más valiosos en términos de compra de otros bienes y servicios. Por lo tanto, posponen consumo e inversión, haciendo caer todavía más los gastos y la producción.

Lo anterior es sólo un pequeño atisbo de las consecuencias macroeconómicas posibles ante una situación de deflación y reducciones salariales.La importancia de cada efecto es incierta.

Como se puede observar, la deflación nos introduce en un mundo económico incierto en el que la depresión probablemente se agudice, creando más paro y pobreza. Es también claro que la pérdida de renta pro los asalariados está provocando una situación injusta y, además, un descenso en la demanda agregada y la renta nacional.

Por todo lo anterior, no puedo comprender el entusiasmo de algunos economistas por las caídas salariales y de precios. Hacen prevalecer un entusiasmo ideológico frente a una objetividad teórica.



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